Pero no por ello los miedos nos persiguen durante toda la vida. Me he dado cuenta que conforme vamos creciendo, nuestros miedos cambian.
Quién no ha tenido miedo del hombre del saco, o a la oscuridad, o miedo de cualquier ruido en medio de la noche mientras estabas durmiendo que luego eran simples crujidos del suelo cuando era pequeño? O quién no ha tenido el típico monstruo debajo de su cama, el cual era la excusa perfecta para hacer una rápida y veloz excursión hasta la cama de sus padres?
Luego, y, a medida que te vas dando cuenta de que el Ratoncito Pérez no existe, ni tampoco los Reyes Magos ni el mismísimo Papá Noel, incluso hasta el hombre del saco era una simple invención publicitaria, nuestros miedos van cambiando.
Al hacernos un poco más mayores hay dos tipos de miedos:
Primero están los típico miedos a las arañas, serpientes, ratas, bichos y demás animales... Con estos no hay ningún tipo de problema, porque sabemos que fácilmente se pueden superar.
Pero hay otro tipo de miedos que no son tan asequibles como los primeros. Me refiero a esos miedos que todo el mundo ha tenido alguna vez; esos que todos nos guardamos para nosotros y en las noches de insomnio sacamos y pensamos; como por ejemplo: miedo a no encajar con los demás. Miedo a no caer bien a la gente. Miedo a fracasar. Miedo a defraudar. A no poder solucionar tus problemas. A no cumplir promesas. Miedo a querer. Miedo a olvidar. Miedo a los cambios. Miedo a los nuevos comienzos. Miedo a los antiguos finales. Miedo a que se olviden de ti. A perder a las personas más importantes de tu vida. Miedo a no ser feliz ni encontrar nunca esa felicidad que tanto buscamos...
En resumen, tenemos MIEDO A CRECER, A SER MAYORES, Y SOBRETODO A MADURAR. A pensar que el problema de no pisar las líneas blancas en los pasos de cebra, se convierte en una mera estupidez cuando crecemos, porque no tenemos tiempo de pararnos a ver por donde pisamos; porque claro, ya somos mayores y tenemos otras preocupaciones mientras cruzamos la calle...
Y al final es curioso, siempre queremos lo que no tenemos, cuando no llegábamos ni al metro y medio de altura queríamos ser mayores, y tener responsabilidades de personas adultas; pero cuando llega ese momento, lo único que quieres es volver atrás y jugar con las muñecas, y que tu única preocupación sera la de pelearte con los demás niños por conseguir la rueda más grande para jugar en el patio de infantil.



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